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Recuerdos de infancia (2/8)

El tiempo transcurre con velocidad en esta pequeña isla y, sin apenas darme cuenta, he superado ya mi primer mes en terreno africano. Son éstas unas jornadas fugaces a la par que eternas, en las que el paso del tiempo nos parece -incluyo a mis compañeros de aventura en esta afirmación- más lento que nunca y en las que cada minuto se dilata hasta límites insospechados. En definitiva, me hallo en un lugar recóndito, casi inaccesible, donde las horas pasan con lentitud mientras que los días, por el contrario, parecen volar.

Esta constante sensación de atemporalidad me traslada inevitablemente a mi niñez. De igual manera que aquí el tiempo parece estancarse por momentos, son muchas también las ocasiones en que miro atrás y analizo con vértigo el rápido paso de los años. Tal es así que lo vivido durante los últimos meses, incluida la pandemia del Covid, parece quedar en un lejano y borroso pasado.

Cuestiones como pensar a corto plazo, vivir el momento o preocuparse únicamente por el día a día, son algunas de las razones que me han llevado a retomar sensaciones de aquella lejana infancia. También lo son el hecho de abandonar la necesidad de tenerlo todo controlado, olvidar a propósito el reloj en el cajón e improvisar actividades a lo largo del transcurso del día, sin pensar en el mañana. Cuestiones en las que hace no tanto trabajaba a conciencia y que ahora comienzan a brotar de mi interior de forma natural.

No miento cuando afirmo que nunca me creí capaz de trabajar con niños. Ni tan siquiera me consideraba una persona lo suficientemente paciente como para aguantar el frenético ritmo al que éstos te someten, ni tampoco preparado para poder entender sus necesidades en un determinado momento. Sin embargo, la realidad es que se han convertido en el eje de mi día a día y están siendo quienes, desde su ingenuidad y no menor picardía, me están enseñando más de lo que nunca podría haber imaginado.

Lo cierto es que la infancia de estos niños no es, ni de lejos, parecida a como fue la nuestra. Pese a que su calidad de vida aquí sea muy superior a la que tendrían si viviesen con sus familias -no todos tienen una más allá de los límites del orfanato-, la vida de estos pequeños está cargada de duras realidades y experiencias pasadas. La mayoría no imaginan más allá del poco mundo que conocen, y quizás debido a ese desconocimiento tampoco parezcan preocuparse en exceso por ello. Sin embargo, estos niños, que en su mayoría resultan muy habilidosos e independientes, se ciñen tanto en su día a día a las cuestiones más básicas de la vida y la supervivencia que, a decir verdad, parecen saber sobre ello mucho más que cualquiera de nosotros.

A veces me detengo a observarlos. Sus miradas transmiten una mezcla de alegría contenida que se camufla con lo que parece profunda pena. Miran a menudo hacia el horizonte, que resulta infinito sobre la superficie del lago -probablemente un límite natural que acotará su mundo y sus posibilidades de futuro-, y en otras ocasiones lanzan piedras sobre él con inocencia e incluso con cierta rabia, cuyo origen dudo que lleguen a comprender alguna vez. Lloran cuando requieren atención y ocultan tras miradas perdidas y eternos silencios su tristeza y dolor cuando éste es real. En definitiva, sufren como niños y responden ante la adversidad como auténticos adultos.

No hace mucho me encontré con un niño frente a la orilla del lago. Permanecía sentado sobre una piedra con la cabeza agachada mientras que el atardecer teñía su silueta de un tenue color rojizo. Para mi sorpresa, al acercarme a él pude comprobar que un hilo de lágrimas se derramaba por una de sus piernas y a su mirada perdida se sumó un silencio sepulcral en cuanto me interesé por su estado. Días atrás nos habían comunicado que se marcharía para siempre del colegio, tiempo después lo vimos trabajar en un puerto cercano a la isla -aquí no es raro que las familias vean mano de obra en vez de niños de diez años con posibilidades de estudiar- y aquella tarde, la primera desde que regresó cuando parecía que nunca lo haría, se derrumbó. Me temo que jamás sabré si fueron lágrimas de alivio, miedo, añoranza o una mezcla de todas ellas.

La infancia es como la vida al desnudo. A veces consiste simplemente en llorar, reír, correr, saltar. También en mirar al infinito sin pensar más allá de los primeros metros, más o menos hasta donde alcanzan sus piedras al ser lanzadas con increíble técnica y fuerza. A estos niños les encanta mostrarme su mundo y que yo les hable del mío, aunque a veces no parezcan comprenderlo. Tampoco yo creo conseguirlo a la inversa. No obstante, ni lo uno ni lo otro parece preocuparles demasiado, así que optan por sonreír y, tras un breve instante, terminan por marcharse. Quizás algún día comprendan lo mucho que me llegaron a enseñar sin ser siquiera conscientes de ello y estos recuerdos de niñez les queden tan lejanos como hoy me quedan a mí.

Ultimo los detalles de este texto desde el sofá de la casa en que me alojo, y a mis pies descansa un niño cuyo principal síntoma es la tristeza. Echa de menos a su madre, aunque teme volver a casa. Sabe que si va, probablemente no volverá. Hoy llora a mis pies, mientras que hace unos días lo hacía en silencio y soledad frente al lago. Son niños, aunque no siempre lo parezca, y la infancia para muchos de ellos es tan cruda como acaban de leer.

By Rafael Gil, voluntario de Asociación Índigo

Artículo publicado en La Huella, proyecto que nace con el fin de desvelar intersecciones entre representación, arte, arquitectura y sociedad mediante ensayos y críticas tanto escritas como audiovisuales.